La Cartuja de Sevilla cerró a finales de julio de 2025. Con la luz cortada y sin plantilla, camino de la liquidación definitiva, la empresa decía adiós a dos siglos de actividad ininterrumpida. Llegó a tener 1.200 empleados (bajó a 1.100 en 1899) y 20 hornos que producían varios millones de platos cada semana.
Pero ese cierre “para siempre” ha vivido uno de esos giros de guion de cine noruego: una empresaria chilena, que a su vez era nieta de emigrantes croatas y miembro de la familia más rica del país, se enamoró de la vajilla cartujana cuando se alojó en un hotel de Jerez de la Frontera. Hizo una consulta con ChatGPT y voilá: hizo las maletas, voló a Sevilla, se asoció con una refinería de Huelva y compró la empresa por 225.000 euros apenas dos meses después.

