En 1902, cuando Estados Unidos todavía estaba terminando de llenar su propio mapa, el geógrafo Henry Gannett se embarcó en una tarea monumental: averiguar por qué miles de ciudades, pueblos, ríos y accidentes geográficos del país se llamaban así. El resultado fue un informe federal de 334 páginas que acabaría reuniendo el origen de unos 10.000 topónimos. Y lo que apareció al ordenarlos sobre el mapa fue algo parecido a una arqueología lingüística de Estados Unidos: bajo sus nombres actuales seguían estando los indígenas que habitaban aquellas tierras, los colonos que avanzaron hacia el oeste.
Y, de manera especialmente visible, dos viejos imperios europeos que habían llegado mucho antes.

