A mediados de los 80, solo había 22 malvasías cabeciblancas en toda la península ibérica. La situación era tan dramática que en 1984 las autoridades decidieron tomar medidas drásticas para salvarla: matar a otro pato.
«La mejor erradicación (venía a decir el Ministerio mientras financiaba cazadores por todo el país) es la que nunca llega a hacer falta».

