En Veguellina de Órbigo (León) nadie conoce a Miguel Pérez García, porque allí lo conocen como «Trébol». Empezó a los 14 años en una cabina de proyección. Hoy reconstruye máquinas que ya nadie fabrica. Su vida es de película aunque su amor por las ídem alberga el verdadero relato.
Porque en la Calle Pío de Cela, número 3, duermen más de 150 proyectores, en un local municipal transformado en almacén. Todos son suyos y «todos funcionan«, recalca Miguel. En 2013 sumaban más de 70 pero no quiso parar ahí porque hay quien considera que estos artilugios no sirven y se plantea tirarlos. Entran unos seis aparatos al año y dedica semanas enteras a restaurarlos. Ahora quiere abrir, por supuesto en su pueblo natal, un museo con lo recopilado.

