Cada año, Burt Reynolds recibía un Pontiac Trans Am nuevo totalmente gratis, hasta que un nuevo CEO cogió el teléfono

Un coche negro y dorado cruza carreteras de Georgia a toda velocidad perseguido por una legión de policías. Delante, cerveza ilegal escondida en un camión. Así arrancaba una película que nadie daba por ganadora y que, caprichos de la taquilla, terminó marcando la historia de una marca entera de coches.

Durante años, el actor que protagonizó aquella película recibió un premio que no aparecía en ningún contrato: un flamante Pontiac Trans Am negro y dorado como el que conducía en la ficción sin coste alguno. Todo, solo por haber hecho reír a medio mundo. Hasta que alguien cambió de despacho y decidió, sin más, que aquello se acababa.

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