Durante décadas, creímos que la carne hizo grande nuestro cerebro. Ahora todo apunta a la demonizada azúcar

Durante décadas, la historia de la evolución se ha narrado como una epopeya carnívora y se imagina como un simio que baja de los árboles, empieza a cazar, consume carne y, gracias a ese chute de proteínas y grasas, desarrolla un cerebro desproporcionalmente grande e inteligente. Sin embargo, la ciencia poco a poco va matizando esta visión que tenemos y comienza a darle mucho peso al azúcar, pese a que día de hoy está casi demonizada. 

Al cerebro le gusta el azúcar. Un nuevo artículo publicado este mismo mes en Science cruzó datos de metabolismo, arqueología genética y hasta dietas de primates actuales para proponer un modelo evolutivo mucho más integrador. Aquí la hipótesis central se centra en que el cerebro humano consume alrededor del 20% de nuestra energía en reposo, y su combustible exclusivo (salvo en cetosis extrema) es la glucosa. 

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