El 23 de abril me puse un anillo en el índice derecho. Cuatro semanas después nació mi primera hija. No hay forma de separar una cosa de la otra: los cuatro meses que llevo con el Oura Ring 4 coinciden, minuto a minuto, con el periodo más intenso, más feliz y con menos sueño de mi vida.
Cualquier experiencia con este anillo iba a quedar teñida por ese contexto. La mía lo está de arriba abajo. Y menos mal, porque es justo ahí donde el anillo me empezó a parecer más interesante: cuando dejó de ser un juguete de métricas y pasó a ser lo único que me daba información fiable sobre un cuerpo que yo ya no sabía leer.

