En 1929, Renault culminó una conquista insólita a las puertas de París: convertir prácticamente una isla entera del Sena en una fábrica de automóviles. La Île Seguin llegó a funcionar como una gigantesca máquina industrial, conectada mediante puentes con las instalaciones de ambas orillas, con central eléctrica propia, pista de pruebas y miles de trabajadores.
El problema llegó cuando las cadenas se detuvieron.

