Durante la Segunda Guerra Mundial, Reino Unido necesitaba descubrir qué escondía la maquinaria militar de Hitler, pero algunos de sus mejores prisioneros sabían perfectamente que un interrogatorio era un interrogatorio. La solución británica fue mucho más retorcida: dejar de preguntarles. En una elegante mansión al norte de Londres, reunió a decenas de generales y oficiales alemanes, les proporcionó habitaciones cómodas, biblioteca, clases de inglés, criados e incluso alguna excursión y esperó a que empezaran a hablar entre ellos.
Lo que los prisioneros no sabían era lo que escondía toda la casa.

