Durante más de cien años, los españoles hemos estado enfermizamente obsesionados con los pantanos. Desde que 1902 se aprobara el Plan General de Canales de Riego y en el 33 el Plan Nacional de Obras Hidráulicas, el país ha construido presas y más presas hasta convertirse en el quinto país del mundo en número de embalses y el primero de la UE. El franquismo, de hecho, está indeleblemente unido a ello.
Durante ese siglo, Europa nos miró con condescendencia. «Esos españoles y su incomprensible fijación por cementar todos los ríos del país», parecían cuando no les mirábamos. Lo que no sabían era que pronto la iban a comprender. Y de la peor manera posible.

