Hoy en día tenemos perfectamente normalizado el hecho de que, cuando un bebé nace prematuro, se debe hacer todo lo posible para salvarlo. Las incubadoras son uno de los elementos más importantes de un hospital. Se invierte en ellas porque valen la pena y son necesarias. Actualmente no podríamos imaginar otra cosa, pero lo cierto es que no siempre ha sido así. A principios del siglo XX, a pesar de que las incubadoras ya existían, muchos doctores se negaban a “gastar dinero en ellas”. Es especialmente duro el caso de Estados Unidos, donde la mayoría de los médicos consideraban que los bebés prematuros eran criaturas inferiores a las que no vale la pena salvar. Por eso, se resistían a traer este invento francés hasta sus áreas de maternidad.
Afortunadamente, no todos tenían esa visión. Martin Couney, un médico alemán de origen judío emigrado a Estados Unidos, había intentado convencer a sus compañeros sin éxito. Por eso, decidió encargarse él de las incubadoras, siguiendo un método poco convencional que había visto en Europa: exponer a los bebés prematuros en parques de atracciones para que todo el mundo pudiera visitarlos pagando entrada. Esto puede sonar como una historia absolutamente fuera de cualquier ética o moral, pero lo cierto es que, gracias a eso, salvó a miles de niños en Estados Unidos.

