En 1770, el abuelo de Darwin se apostó 1.000 libras a que inventaba una máquina capaz de hablar. Y casi las gana

El abuelo de Darwin también se llamaba Darwin y, además, era tartamudo. Lo cuento para esquivar lo que llaman la ‘tentación del biógrafo’; eso de explicar toda la vida, las ideas y objetivos de una persona por un hecho concreto de su biografía. En este caso es necesario, claro; porque además de un excelente médico, un innovador botánico y un mediocre poeta, Erasmus Darwin fue uno de los grandes estudiosos del lenguaje del siglo XVIII.

Y, por si fuera poco, perdió 1.000 libras (de las de 1770) contra una de las figuras clave en la invención de la máquina de vapor y el nacimiento de la revolución industrial, Matthew Boulton.

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