Durante años, sacar el móvil en un restaurante pasó de ser una rareza a formar parte del propio ritual de comer fuera: fotografiar el plato, responder un mensaje, mirar Instagram o grabar un vídeo antes de coger el tenedor. Ahora empieza a producirse el movimiento contrario. Cada vez más bares y restaurantes están experimentando con prohibiciones, fundas bloqueadas, cajas, pegatinas sobre las cámaras e incluso recompensas para quien guarde el teléfono. Detrás hay una idea provocadora que empieza a ganar fuerza: los móviles se están convirtiendo en los nuevos cigarrillos de los restaurantes.
De fumar en la mesa a iluminarla con una pantalla. La comparación no pretende equiparar los efectos sanitarios del tabaco y los móviles, sino señalar un cambio en las normas sociales. Porque hubo una época en la que encender un cigarrillo durante una comida era completamente normal. Hoy resulta difícil imaginar un restaurante lleno de humo.

