En el año 2001, Fast & Furious rompía la taquilla y la cabeza de los miles de niños que llenamos las salas atraídos por sus coches llenos de pegatinas, neones y colores estridentes. Tunning, carreras y persecuciones policiales eran un combo que ganador en aquella primera década del nuevo siglo.
Más tarde llegarían los atracos, las peleas heroicas y hasta los jugueteos con las películas de espías y hasta la ciencia ficción. Pero las tres primeras entregas nos marcaron a partes iguales por los propios coches y la estética de los mismos. Casi todos, coches japoneses. Casi todos con preparaciones que convertían los modelos originales en deportivos que parecían salidos de una serie manga. Sólo el Dodge Charger de Dominic Toretto parecía recordar que allí el dinero lo ponían los americanos.

