En abril de 1984, mientras cinco astronautas del Challenger se preparaban para protagonizar la primera reparación de un satélite en órbita, unos pasajeros mucho más pequeños realizaban su propio experimento. 3.301 abejas viajaron durante siete días en microgravedad para comprobar si podían organizar una colmena y, sobre todo, construir sus característicos panales cuando desaparecía algo que en la Tierra siempre habían tenido como referencia: la gravedad.
El comienzo fue accidentado, pero el resultado acabó siendo sorprendente.

