No hay nada como decirle a un niño que hay algo que no puede hacer, para que desee hacerlo con todas sus fuerzas. Y pasa algo parecido con Donald Trump. Basta con que haya un territorio que jamás podrá poseer, para que quiera plantarle una bandera de Estados Unidos cuanto antes. Por eso, ahora se ha obsesionado con que la Luna debería ser estadounidense. Su argumentación es simple. Estados Unidos fue el primer país en pisarlo y posiblemente, según van las cosas, también el segundo.
El problema es que se le olvida que, en 1967, 62 países, incluido el suyo, firmaron un tratado por el cual se comprometían a no poseer ningún territorio más allá de las fronteras de la Tierra. Dicho muy resumidamente, en este tratado, para el que actualmente hay ya 118 firmantes, reconocían que el espacio es de todos y no se puede conquistar. Ahora solo queda que el actual presidente de Estados Unidos lo cumpla y, sobre todo, que no se agarre a los vacíos legales del Tratado. Porque sí, los tiene.

