Sin hotel pero con vistas al mar. ¿Por qué cada vez es más frecuente ver a rutistas durmiendo en la playa? ¿Es la respuesta a un modelo turístico, el de Barcelona, roto por unos precios inasumibles? En redes el debate va más allá y habla del modelo turistas “sintecho” o los Airbnb alquilados entre 3 familias y familia por habitación, hacinados como en los pisos patera. Los corredores madrugadores de la Barceloneta están tan acostumbrados que esquivan los bultos como en las gymkhanas. Y bajo esos bultos de mantas hay personas, con sacos de dormir o no, montados frente al Mediterráneo porque al parecer no pueden hacer otra cosa. A coste cero, les compensa. Pero, ¿es legal?
No, en ningún caso. Dos capas normativas lo prohíben. La estatal: la Ley de Costas de 1988 veta campamentos e instalaciones en el dominio público marítimo-terrestre; su artículo 97 fija sanciones mínimas de 40 euros por metro cuadrado ocupado y día. Dormir sobre una toalla, sin tienda, cuenta igual que acampar. La municipal: Barcelona blinda además sus playas con la ordenanza de civismo renovada en febrero, que castiga la pernocta en espacio público con hasta 600 euros y suma este verano una sanción específica de 300 euros contra los altavoces en la arena. La Guardia Urbana desaloja cada madrugada, hacia las tres.

