Imagina empezar a hacer una reforma en una parcela y toparte con media tonelada de explosivos escondidos. Eso es justo lo que le pasó a un vecino de Villores: reformaba la propiedad a principios de agosto de 2026 cuando la pala chocó con algo duro. Cinco piezas metálicas, oxidadas, del tamaño de un brazo. Avisó al alcalde, Iván Guimerà; el Ayuntamiento avisó a la Guardia Civil. Los agentes vallaron la zona ante el riesgo de detonación y empezaron a escarbar. La cifra subió rápido, día tras día: primero 25 proyectiles, luego 63, finalmente 68. Cada uno pesaba unos 8 kilos. La cuestión es: ¿qué narices hacían ahí 544 kg de explosivos?
Dónde. Villores queda en la comarca de Els Ports, a orillas del río Bergantes, en el interior montañoso de Castellón. Hoy tiene 51 habitantes empadronados. A principios del siglo pasado llegó a superar los 240: 4 de cada 5 habitantes se marcharon con el éxodo rural, y de los que quedan, solo dos de cada diez nacieron allí mismo. Sobreviven un castillo de origen musulmán en ruinas, un palacio de marqueses reconvertido en ayuntamiento y una ermita dedicada a la Virgen del Buen Suceso. Poca cosa más rompe el silencio.

