París tiene una peculiaridad que millones de personas pisan cada día sin saberlo: bajo sus calles siguen enterrados cientos de kilómetros de una red de comunicación que funcionó como una especie de Internet mecánico mucho antes de que existiera Internet. Durante más de un siglo, aquellos tubos impulsados por aire comprimido enviaron mensajes de un extremo a otro de la ciudad en cuestión de minutos. Cuando la tecnología quedó obsoleta, nadie los retiró.
Simplemente quedaron allí, ocultos bajo el asfalto.

