El último tren que recorrió la High Line de Manhattan llevaba una carga difícil de asociar con uno de los parques más famosos del mundo: tres vagones repletos de pavos congelados. Era 1980 y aquel viaje puso punto final a casi medio siglo de trenes atravesando fábricas y almacenes varios pisos por encima de Nueva York. Lo extraordinario, sin embargo, ocurrió después. Durante casi dos décadas nadie diseñó allí un jardín.
El último vestigio de otra Manhattan. La High Line había nacido en 1934 con una misión completamente industrial: transportar alimentos y mercancías por el West Side sin interferir con el tráfico de las calles. La antigua línea discurría a nivel del suelo por la Décima Avenida, donde los accidentes eran tan frecuentes que el tramo había ganado el sobrenombre de «Death Avenue» y los trenes llegaron a circular precedidos por hombres a caballo agitando banderas rojas.

