La caída del régimen de Bashar al-Assad en diciembre de 2024 parecía haber dejado a Rusia ante uno de sus mayores retrocesos estratégicos en décadas: su presencia en la base aérea de Khmeimim y el puerto de Tartus, las dos grandes plataformas desde las que proyectaba poder sobre Oriente Próximo, el Mediterráneo y África, quedaba en entredicho. Moscú consiguió conservar una presencia reducida en Siria, pero mientras negociaba su futuro allí puso en marcha algo mucho más silencioso al otro lado del Mediterráneo.
La pista. Imágenes de satélite analizadas en colaboración con la National Geospatial-Intelligence Agency de Estados Unidos han mostrado ahora obras y ampliaciones en seis bases aéreas libias con presencia reportada del Africa Corps ruso.

