En 1696, el rey de Inglaterra puso un impuesto a las ventanas. Lo que pasó acto seguido no sorprendió a nadie

Por todos es sabido que los impuestos tienen efectos distorsionadores en la sociedad. El alza de precios del tabaco hace que algunas personas lo dejen y regiones administrativas con tributaciones más beneficiosas atraen la inversión, arrebatándosela a las regiones vecinas. Estos posibles efectos secundarios, algunos deseables y otros no, son los que un buen gobernante deberá tener en cuenta antes de implantar un nuevo tributo.

Tal y como ha recogido el fotógrafo Andy Billman en una de sus últimas exposiciones, si paseas hoy en día por ciertas zonas de Reino Unido, Francia o Irlanda, puedes encontrarte un ejemplo vivo de una chapucera planificación fiscal cuyos efectos sobreviven en el plano arquitectónico.

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