La historia de Ferdinand Cheval tiene algo de fábula: durante una jornada de trabajo aparentemente rutinaria, un cartero francés tropezó con una piedra, se la guardó y terminó dedicando buena parte de su vida a convertir las piedras encontradas durante sus recorridos en un palacio. Lo extraordinario no es solo el resultado, sino la escala temporal de aquella obsesión: empezó en 1879 y no dio por terminada su obra hasta 33 años después.
Una piedra en el camino. En abril de 1879, Ferdinand Cheval tenía 43 años y trabajaba como cartero rural en los alrededores de Hauterives, una pequeña localidad de la Drôme francesa. Durante uno de sus recorridos tropezó con una piedra cuya forma le resultó tan extraña que decidió recogerla y llevársela.

