Hay trenes que llegan tarde (y pasa en todas partes, aunque en Japón lo llevan mejor); hay otros que están monopolizados. Y hay trenes que directamente nunca salieron de la estación: el de Móstoles a Navalcarnero todavía no ha llevado a ningún viajero. Ni un solo billete vendido, ni un trayecto completado en 22 años. En el suroeste madrileño quedan hoy 8 kilómetros de estructuras abandonadas: vía, túneles y estaciones a medio construir que emergen como una ruina modernista.
Y la obra no se canceló en fase de planificación, sino a mitad de su ejecución física con maquinaria desplegada y el coste hasta el momento asciende a 162 millones de euros públicos. La causa del fiasco combina errores de cálculo, desacuerdos entre administraciones y un supuesto esquema de comisiones ilegales pendiente de juicio. Por suerte, hay luz al final del túnel.

