“Niño, deja ya la pelotita”. Esta frase, tan común, se ha convertido en un sufrimiento constante en Barcelona. O eso dicen los mayores del lugar: «Esto no es pacificación, es un martirio», sentencia Joan Carles, vecino de la ronda de Sant Antoni, con prioridad peatonal, en un relato que retrata el nuevo espacio como un «polideportivo improvisado». Y es la viva colisión entre dos políticas urbanas: pacificar el espacio público y devolver la calle al juego infantil.
Sin vallas ni horarios, los adolescentes lanzan balonazos «a matar» contra farolas convertidas en portería. Los impactos alcanzan escaparates, portales y, en el caso de la tienda Sports Ramells, el propio interior del local. Y quieren que se restrinja. Hay ruido incluso los domingos, y ya deja secuelas: un vecino toma Lexatín para aguantar la tensión en su propia casa. La Guardia Urbana, dicen los afectados, «tiene las manos atadas»: el Síndic de Greuges ya avaló el derecho al juego, así que tampoco pueden requisar pelotas ni multar.

