En Freetown, Sierra Leona, Kelvin Doe tenía un problema bastante más básico que decidir qué quería inventar: muchas veces ni siquiera podía contar con electricidad para hacerlo. Con 13 años comenzó a rebuscar entre materiales desechados y componentes electrónicos buscando aquello que no podía comprar. Después de numerosos intentos consiguió combinar ácido, soda y piezas de metal para fabricar su propia batería.
Aquella chapuza funcionó. Y fue el comienzo de una cadena extraordinaria.

