Qué ha pasado. Sam Altman pensaba que tras el lanzamiento de GPT-4 muchas cosas iban a cambiar mucho más deprisa. En una conversación reciente con David Senra, el CEO de OpenAI reconoció que «me equivoqué en unas cuantas cosas, pero una de ellas es en el ámbito de la velocidad: la economía tiene demasiada inercia». Altman esperaba que buena parte del software empresarial sufriese grandes cambios, y que nuevas compañías pudiesen plantear alternativas a las existentes. Creyó que la IA iba a alterar procesos y negocios a un ritmo enorme. No ha ocurrido así.
El problema no es técnico. Los modelos han mejorado muchísimo desde que GPT-4 apareció en 2023, pero las empresas no cambian al mismo ritmo que cambian las APIs. Para sustituir procesos hay que integrar sistemas, revisar seguridad, migrar datos, formar empleados o convencer a clientes. Hay demasiados pasos intermedios que complican que la «revolución» se complete: puede que abrir ChatGPT y usarlo lleve segundos, pero rediseñar los flujos internos de una empresa puede llevar años. Da igual que los modelos no paren de mejorar: las empresas siguen moviéndose a velocidad humana.

