¿Te interesaría trabajar en uno de los lugares más remotos del planeta, solo, aislado, soportando temperaturas gélidas y fortísimas racha de viento, asomado día y noche a un océano inhóspito? No suena demasiado tentador, ¿verdad? A los soviéticos de mediados del siglo XX les pasaba lo mismo, así que escaseaban los candidatos para trabajar en la vasta (y estratégica) red de faros construidos a lo largo de la costa ártica. Las condiciones que debían soportar eran tan extremas que ni siquiera el régimen estalinista consideró buena idea fichar a operarios.
En su lugar optaron por faros nucleares.

