Nunca pensé que pondría esto por escrito, pero lo reconozco: soy fan del kéfir. Fan fatal. Por alguna razón inexplicable, me vuelve loco. Y si no lo hago en casa es, sencillamente, porque suficientes responsabilidades tengo ya como para preocuparme de mantener con vida una gelatina gigante en la cocina de casa.
Eso me ha convertido en alguien que lee muchas etiquetas en el lineal del supermercado y me ha llevado a una conclusión ineludible: el mundo del kéfir industrial (que ya facturó 145 millones de euros en 2025 y ya entra en casi cuatro de cada diez hogares) es un lío absoluto.

