Un albañil tiró un muro en Barcarrota y encontró un Lazarillo que nadie conocía. Ahora un filólogo cree saber quién lo escondió

Agosto de 1992. Un albañil tira un tabique en una casa de Barcarrota, un pueblo de Badajoz de casi 3.500 habitantes cerca de la frontera con Portugal. Detrás hay un hueco y dentro se esconden algunos libros. Están ordenados, envueltos en paja y ceniza, tapiados tras una doble pared de adobe. Y, entre ellos, hay un ‘Lazarillo de Tormes’ de 1554 que ningún especialista había visto jamás. Ojalá me pasara a mí, que hiciera una reforma y me topara con un incunable. Me conformaría hasta con una de esas carísimas cartas Pokémon. El caso es que aquel día nadie sabía quién había puesto allí esos libros. Treinta y cuatro años después, el filólogo Pedro Martín Baños acaba de arrojar luz.

El Lazarillo que no existía. Hasta 1992, la filología española manejaba tres ediciones del ‘Lazarillo’ de 1554: la de Burgos (Juan de Junta), la de Alcalá de Henares (Salcedo) y y la de Amberes (Martín Nucio), más tardía. Barcarrota suma otra de Medina del Campo, de los hermanos Mateo y Francisco del Canto, acabada el 1 de marzo de 1554. Es el único ejemplar conocido de su edición. Y está entre las más antiguas, junto a la de Burgos. Varios filólogos sospechan que todas copian una versión anterior, de 1552 o 1553, hoy perdida.

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