Durante años parecía que el futuro de las relaciones pasaba inevitablemente por una pantalla: perfiles, algoritmos, matches y cientos de conversaciones con desconocidos. En Japón, sin embargo, una parte creciente de los jóvenes está descubriendo que ese futuro puede parecerse bastante al pasado. Cansados del ghosting, los perfiles falsos y las relaciones que nunca terminan de arrancar, los veinteañeros japoneses están pagando a agencias matrimoniales para recuperar una figura con siglos de historia: el casamentero.
Una tradición que parecía enterrada. Durante siglos existió en Japón el omiai, un sistema mediante el cual familiares, amigos, conocidos e incluso jefes actuaban como intermediarios para presentar a dos personas con posibilidades de casarse. La práctica sobrevivió hasta después de la Segunda Guerra Mundial, pero fue perdiendo terreno frente a las relaciones espontáneas y, finalmente, las aplicaciones de citas.

