Durante casi un siglo, Svalbard fue uno de esos lugares donde Rusia y Occidente conseguían convivir incluso cuando las relaciones se deterioraban en otros sitios. El archipiélago pertenece a Noruega, está a más de 900 kilómetros de su territorio continental y un tratado internacional permite que ciudadanos de otros países desarrollen allí determinadas actividades económicas. Rusia conserva incluso una localidad propia, Barentsburg. Esa excepcionalidad que durante décadas ayudó a mantener la calma es ahora precisamente lo que preocupa.
Un pedazo de Noruega a 900 km. Svalbard ocupa una posición extraordinaria en el Ártico. El Tratado de 1920 reconoce la soberanía noruega, pero concede a sus signatarios derechos económicos y establece que las islas no pueden utilizarse con fines bélicos ni albergar bases navales o fortificaciones.

