Había una copistería frente a la facultad de ciencias que tenía colgadas en la pared, una tras otra, todas las orlas de una de las ingenierías más salvajes de todo el sistema universitario español. Solía mirarlas mientras esperaba. Y sé que puede parecer aburrido, pero no había nada más fascinante que ver cómo las personas del claustro iban cambiando, pero los apellidos no.
Sí, sí. Es una exageración, un estereotipo fácil. Pero además es verdad. Y no sólo en la universidad: la endogamia es uno de esos fenómenos recurrentes de la vida social de nuestro país.

